Lo que madura a la personalidad es la felicidad. Pero la felicidad no es la ausencia de sufrimiento. El sufrimiento aceptado por amor, por un motivo adecuado, conduce a la felicidad. El sufrimiento es inseparable de la vida humana. Aceptar del sufrimiento, es decir, ser capaz de ser felices, aunque no todo sea como nos hubiera gustado, conduce a la verdadera felicidad.
La felicidad no rehuye el sufrimiento. Y es que la felicidad se encuentra cuando se posee el bien. La felicidad no puede ser un fin, porque si se busca como fin no se encontrará jamas. La felicidad aparece cuando poseemos el bien, a veces habrá que sufrir para lograr la consecución del bien.
Es posible ser feliz sufriendo, como es posible ser libre estando encadenado. Y es que aquí nos referimos a diversos ámbitos de la felicidad. Por un lado, sufrimiento físico por determinados bienes sensibles que hemos perdido; y otro, felicidad profunda por bienes inteligibles que hemos ganado.
El análisis de todo ello nos devuelve al hecho de la dualidad en el ser humano: el plano físico o sensible y el plano mental-espiritual.
Así, un hombre es feliz cuando posee el bien libremente, es decir, cuando escoge el bien porque quiere. Es en la decisión libre de escoger libremente, voluntariamente, el bien, es donde se encuentra la clave de la felicidad.
El ser humano que escoge el bien, aunque momentáneamente encuentre el sufrimiento, a largo plazo ha escogido el camino de la felicidad.
Sin embargo, ese camino no siempre tendrá una repercusisón física de placer. La elección libre del bien y su consecuencia directa, es decir la posesión de la felicidad refleja la existencia de un componente espiritual en la estructura humana.
Lo que nos demuestra que el cerebro no es un órgano condicionado por leyes estímulo-respuesta, sino que es capaz de escoger libremente el sufrimiento, porque conoce que la felicidad no se halla únicamente en la respuesta física de tipo placentero.
La felicidad humana, por tanto, transciende a lo físico y es, indudablemente, espiritual.
María Gudín . Neuróloga. Cerebro y afectividad. Editorial Eunsa.2001
La felicidad no rehuye el sufrimiento. Y es que la felicidad se encuentra cuando se posee el bien. La felicidad no puede ser un fin, porque si se busca como fin no se encontrará jamas. La felicidad aparece cuando poseemos el bien, a veces habrá que sufrir para lograr la consecución del bien.
Es posible ser feliz sufriendo, como es posible ser libre estando encadenado. Y es que aquí nos referimos a diversos ámbitos de la felicidad. Por un lado, sufrimiento físico por determinados bienes sensibles que hemos perdido; y otro, felicidad profunda por bienes inteligibles que hemos ganado.
El análisis de todo ello nos devuelve al hecho de la dualidad en el ser humano: el plano físico o sensible y el plano mental-espiritual.
Así, un hombre es feliz cuando posee el bien libremente, es decir, cuando escoge el bien porque quiere. Es en la decisión libre de escoger libremente, voluntariamente, el bien, es donde se encuentra la clave de la felicidad.
El ser humano que escoge el bien, aunque momentáneamente encuentre el sufrimiento, a largo plazo ha escogido el camino de la felicidad.
Sin embargo, ese camino no siempre tendrá una repercusisón física de placer. La elección libre del bien y su consecuencia directa, es decir la posesión de la felicidad refleja la existencia de un componente espiritual en la estructura humana.
Lo que nos demuestra que el cerebro no es un órgano condicionado por leyes estímulo-respuesta, sino que es capaz de escoger libremente el sufrimiento, porque conoce que la felicidad no se halla únicamente en la respuesta física de tipo placentero.
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| Vik Munik |
María Gudín . Neuróloga. Cerebro y afectividad. Editorial Eunsa.2001
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